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Una pequeña cubanada castiza
Antes de empezar a comentar este concierto, creo conveniente aclarar, sobre todo para los lectores del otro lado del charco, que La Cubana es el nombre de una conocida compañía teatral catalana caracterizada por sus espectáculos interactivos que homenajean parodian el género de la revista, género que causó sensación en España a mediados del pasado siglo. En su espectáculo Cómeme el coco negro, un clásico de esta compañía, se hace un repaso a este género a través de las idas y venidas de los integrantes de una compañía divertidamente provincial.
Mucho ambiente cubanero hubo en la segunda cita del VIII Festival de Zarzuela de Santiago, “La música de baile en la zarzuela: del pasodoble al fox trot“, en el que se revisaron números fundamentalmente cómicos de diversas zarzuelas. Un espectáculo hábilmente semiescenificado, ambientado con pocos elementos en un cabaret que no parece atravesar su mejor momento, y por el que van desfilando clientes y empleados -de todos los rangos-, con la ayuda del dueño-pianista-maestro de ceremonias, en una serie de sketches que siguen el hilo argumental de cada una de las obras y que se suceden dando paso a los números cantados. Como en los espectáculos de La Cubana hay aquí un punto importante de interacción, de parodia, de ironía, un ritmo bastante trepidante y ante todo mucho humor, con la ayuda de un vestuario adecuadamente kitsch y un ambiente cómicamente decadente, al que contribuye una iluminación sencilla pero eficaz. La dirección de escena y las numerosas coreografías son de Vanessa Martínez, mientras que no se firman ni vestuario ni iluminación.
Otro punto sobre el que conviene hacer hincapié es la acertada selección de números interpretados. Representativos de la función cómica de nuestra zarzuela, pero además de no muy frecuente escucha en los teatros a día de hoy, incluyendo junto a números menos habituales de zarzuelas que hoy sobreviven gracias a la popularidad de un número concreto, títulos como Las lloronas, Ortografía o El arte de ser bonita, que van más allá de ser verdaderas rarezas pues están completamente olvidadas. Toda iniciativa que fomente la difusión de nuestra zarzuela con cariño, seriedad y rigor es digna de aplauso, y más si, como en este caso, se da un paso más allá redescubriendo material. De entrada un bravo a quien haya seleccionado las piezas a interpretar, y otro al Festival por permitir espectáculos de esta riqueza ya no solo musical sino también musicológica.
La mayor parte del repertorio interpretado se sustenta, más que en tener grandes voces, en la claridad de la dicción y el sentido del humor de los intérpretes. De lo primero hubo bastante en cualquiera de los casos, de lo segundo, muchísimo. Hay que reconocer con todo que la mezzosoprano Marina Pardo, en el papel de la diva en horas bajas Marina Roldán -tomando el apellido de un personaje del Barbero de Sevilla de Giménez- robó la atención del respetable en cada aparición: no solo por una extraordinaria vis cómica sino también gracias a una voz oscura, bien trabajada y de rico registro grave. La primera parte fue suya, con sus divertidos acercamientos a la salida de la Roldán en El Barbero de Sevilla, el fox-trot de Las castigadoras o el blues de la diva recién llegada de Broadway -y aquí por cierto con una buena dosis extra de ego- Clara Bow en Las Leandras. La primera parte la culminó Pardo destacando una vez más, ahora junto a la soprano Amanda Serna, interpretando -previa promoción de la teletienda por parte del pianista, claro está- la clase de las gordas de la hoy olvidada El arte de ser bonita, de Amadeo Vives. Serna basó su triunfo en un notable trabajo como actriz, sacando a la luz toda su vis cómica, puesta al servicio de una voz de tiple cómica muy adecuada a las páginas encomendadas. Con todo, la pareja femenina reservaba para el final del espectáculo una gran sorpresa: el danzón ‘Por fin llegó lo que tanto ambicioné’, de La eterna canción de Sorozábal: una pieza bellísima, maravillosamente interpretada, pues si Serna sacó una voz más seria y lírica que en principio solo se le intuía, Pardo se lució aquí exhibiendo la redondez de sus graves con comodidad. Fue este mágico momento, de largo, lo mejor del concierto, como demostraron los bravos espontáneos de parte del público.
En el apartado masculino, llamó la atención un Javier Galán cuya mejor virtud -además de la de ser un gran comediante, como el resto de sus compañeros- pareció la de conocer perfectamente hasta dónde puede llegar su voz: en este repertorio está perfecto, como se vio por ejemplo en la muy bien cantada romanza del partido de fútbol de Don Manolito -por cierto con la letra adaptada a los nombres de media selección española actual sin que el ritmo se resintiera ni por un momento-, con una voz sana, bella y bien proyectada, mostrándose presente además en cuantos conjuntos le tocaron en suerte. Algo similar sucede con Julio Morales -si acaso algo tirante arriba-, que no tendrá una voz bella, pero estos números cómicos los canta con gracia -fue, junto a Pardo, el mejor elemento como actor- y sin problemas de tesitura, luciéndose más que en otros cometidos más complejos que le haya escuchado antes. Estuvo ciertamente simpático y entregado. Los cuatro al conjunto hicieron un número grotescamente divertido del ‘Can-can’ de El último romántico.
Por su parte, Borja Mariño, se reveló no solamente como un acompañante adecuadamente sutil y siempre pendiente de sus cantantes, sino también como un excelente actor, convincente y entregado a la farsa en su papel de maestro de ceremonias, y divirtiéndose tanto como el resto.
El público, una vez que logró entrar en la dinámica del espectáculo -nadie había anunciado previamente que esto era algo más que un mero recital de zarzuela- se dejó llevar y se divirtió de lo lindo, premiando a todos los integrantes al final con fuertes aplausos. Hay que hacer pues un balance muy positivo de esta propuesta, que es, sin duda, lo más cercano a una zarzuela representada que ha ofrecido este Festival desde su creación. Gran paso adelante y gran aplauso también para la organización del certamen por programar veladas como esta.
